Un lugar de calma
Recuerda un lugar en el que te hayas sentido en calma, bien y seguro/a. Intenta traer ese lugar a tu mente de la forma más vívida posible, como si estuvieras viendo un video del lugar. Si no puedes pensar en un lugar específico, puedes crear uno en tu mente. Puedes cerrar los ojos si eso te resulta cómodo.
¿Son quizás el viento en los árboles, el canto de los pájaros o los sonidos de la vida que provienen de tus vecinos? ¿O qué? Simplemente escucha los sonidos con tranquilidad.
¿Qué aromas percibes? ¿En qué estación estás? Tal vez huele a hierba recién cortada, a algas o a un pan que está subiendo en el horno. Tú decides.
¿Es la brisa o el calor del sol? ¿Tus pies están en la arena o en el agua de la playa, o bajo una manta cálida? Piensa en ello con calma, recorriendo todo tu cuerpo. Si sientes que alguien más está acariciando tu piel, también puedes acariciarte a ti mismo/a. Si no estás solo/a en tu lugar de calma, ¿con quién estás? ¿Esa persona te aporta seguridad? ¿Cómo te está calmando en este momento? ¿A quién te gustaría llevar contigo a tu lugar de calma?
Mira a tu alrededor por un momento. Intenta notar todas las pequeñas cosas: colores, matices, detalles, cerca y lejos. ¿Es por la mañana, hay luz o ya está anocheciendo? ¿La luz es natural o de dónde proviene?
¿Estás moviendo tu cuerpo o estás de pie o sentado/a en reposo? Tal vez solo moviendo los pies o haciendo algo con las manos. Concéntrate también en el ritmo de tu respiración. Inhala y exhala con calma, una y otra vez.
Si comes o bebes algo en tu lugar tranquilo, puedes recordar su sabor. También puedes prestar atención a la atmósfera del lugar y, si es un lugar real, recordar momentos maravillosos allí y cómo te hicieron sentir. Si quieres, puedes cambiar algo en él.
Ahora observa cómo te sientes después de haber pasado tiempo en tu propio lugar tranquilo. Puedes volver a tu lugar de calma en cualquier momento que quieras.